
Hace poco leí todo un articulo sobre este tema. El artículo, bueno, entretenido, certero, criticable, bien escrito...disfrutable vamos. Uno entiende, en su limitada capacidad, que es posible disfrutar de algo sin tener que comulgar al 100% con las ideas que expone. Pero lo que no tenia desperdicio eran los comentarios. Una simple observación por parte del autor dio pie a una variedad insólita de opiniones y comentarios que se mecían entre el acuerdo más extremo hasta el franco insulto. Soy consciente de que esto suele pasar, sobretodo en blogs muy visitados, pero me llamó poderosamente la atención los comparativos que se establecían entre los españoles y los sur y centro americanos. Estas comparaciones despiertan mi interés morboso porque llevo 20 años viviendo en México (llegué a los 21), y del asunto entiendo un poco. Se comentaba una y otra vez lo meloso, lo cuidado, lo exquisito de los modales mexicanos en comparación con los patrios. No, si no lo vamos a negar, es una verdad como un camión.... llega incluso a ser terriblemente incómodo para el español recién llegado. Sin embargo creo que es importante que no confundamos los modales con la educación. La fotografía que debería encabezar esta entrada es un ejemplo perfecto. Se trata de mi vecino, mexicano claro, que un sábado en la mañana no tuvo empacho en preparar una fiestecilla de cumpleaños a su vástago y para disfrute de amigos e invitados dispuso este maravilloso artilugio inflable. Si es cierto, tapa la calle y obstruye la vialidad, pero esto, créanme, no le interesa lo más mínimo. El juguetito-con fiesta música y jolgorio incluidos- nos recordaron el cumpleaños del vecinito de las 10 de la mañana a las 11 de la noche. Durante este tiempo, ni gas, ni recogida de basuras, ni acceso vial, ni ambulancias. Uno pensaría que cualquier vecino responsable, o incluso el policía del barrio no tardaría en poner fin a la obstrucción de la vía publica recordándole al señor que no, que los dos carriles de enfrente de su casa no forman parte de su propiedad. Pues no. En México no sólo sería de pésima educación y gusto hacer tal cosa, sino que el riesgo de ser acribillado por una palabra fuera de lugar nos hace pensar dos veces las cosas. Uno acaba encogiendose de hombros y dando la vuelta a la manzana para entrar en casa, rezando, eso si, para que hoy no se necesite ninguna ambulancia en el barrio.
Visto lo visto me inclino a tolerar alguna palabra fuera de lugar y tono de mis compatriotas, que cuando decimos si, es que si, cuando decimos no, pues es que no, y que sobretodo apagamos las velitas del pastel dentro de nuestras casas

